En el corazón verde de Escobar, donde las plantas parecen hablar en su propio idioma, un vivero nacido en 1996 es testigo de cómo la pasión puede transformar un oficio en una forma de vida. Fundado por un matrimonio de paisajistas, Susana Traverso y Rodolfo Rauscher, el espacio comenzó como un vivero tradicional, enfocado en el diseño de jardines, el mantenimiento de espacios verdes y la venta al público. Incluso dictaban cursos de paisajismo, formando a otros en el arte de leer la naturaleza y combinarla con sensibilidad.
Pero el rumbo cambió —o quizás se reveló— con una oportunidad inesperada. El parque Temaikén les encargó ejemplares para su apertura, lo que los llevó a viajar a Brasil en busca de especies singulares. Fue entonces cuando se enamoraron de la disposición de los canteros, de las formas escultóricas de los cactus y de una estética que iba más allá del verde clásico mientras recorrían un vivero. Al regresar, no solo trajeron plantas, trajeron una idea, una emoción, una nueva dirección.
Así nació su cactario propio, una colección viva entre especies exóticas y raras que crece con esmero y mucho amor. El vivero se convirtió en un espacio donde la belleza no es estridente sino contenida, donde cada espina, cada forma redonda o angulosa tiene algo que decir.
Más que vender plantas, proponen una experiencia, una visión distinta del paisajismo, nacida de la curiosidad y el amor por lo diferente.
“Tenemos un jardín de cactus para venir a visitar en familia y con cita previa, vienen grupos de estudiantes o de empresas de turismo a quienes guiamos con una charla”, explicó Susana Traverso, propietaria de la instalación.


