En Coronel Suárez, las avenidas son rectas y largas como promesas. Al costado, casas de ladrillo con techos a dos aguas y cenefas talladas a mano resguardan patios llenos de lilas y huertas prolijas. No es casualidad: aquí late, todavía fuerte, el corazón de los alemanes del Volga, descendientes de quienes hace más de un siglo cruzaron océanos para reencontrar, en la pampa argentina, un pedazo de hogar.
La historia empieza mucho antes, a orillas de otro río: el Volga, en el sur de Rusia. Allí, entre 1764 y 1772, 106 colonias nacieron gracias a la invitación de la emperatriz Catalina la Grande, ella misma de origen alemán. Prometía tierras, libertad religiosa, exención del servicio militar y la posibilidad de conservar idioma y costumbres. La oferta sedujo a miles. Se instalaron, cultivaron, levantaron aldeas que con el tiempo llegaron a ser más de 580. Y vivieron con un sentido del trabajo tan estricto que durante generaciones las fiestas se redujeron a los ritos religiosos.
Pero nada es eterno. A partir de 1864, los privilegios se fueron desvaneciendo, y en 1872 comenzó una ola migratoria hacia América. Los católicos miraron hacia el sur, y muchos eligieron Argentina. Llegaron con lo que podían cargar: herramientas, semillas, un idioma y una fe inquebrantable en el trabajo. “El estar a 15 kilómetros de la ciudad cabecera nos da una identidad propia y distinta, donde se trabaja por conservar las tradiciones, pero sin dejar de lado nuestra visión por un futuro en el que los jóvenes puedan permanecer acá y formar sus familias teniendo en cuenta nuestra idiosincrasia, la que nos ha permitido ser felices durante tanto tiempo”, enfatizó Patricia Maier, vecina del Pueblo Turístico Santa María.
El curioso encuentra en Santa Trinidad, San José y Santa María, las tres colonias que forman el corazón alemán de Coronel Suárez; es una postal que parece salida de otro tiempo. En Santa Trinidad, la iglesia parroquial se alza como guardiana de ladrillo, y sus vitrales tiñen el suelo de la nave con colores suaves al caer la tarde. San José impresiona con su templo imponente y el sonido de sus campanas. Y en Santa María, el silencio de la siesta es tan profundo que una bicicleta que cruza la calle se vuelve un acontecimiento.
“Nací y viví siempre en Santa María, un pueblo donde la mayoría son descendientes de alemanes del Volga. Un pueblo trabajador, que trajo de Rusia sus costumbres, su idioma y su fe pero sobre todo, una forma de vida basada en el esfuerzo, la solidaridad y el amor por la familia” , explicó Maier.


